FERNANDO COUSO GARCIA

– Graduado en Criminología por la Universidad del País Vasco. UPV-EHU.

– Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales.

ZURIÑE GONZALEZ SANCHEZ

– Graduada en Criminología por la Universidad del País Vasco. UPV-EHU.

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Ni fin ni medios, no hay justificación

Zuriñe González Sánchez

 

Desde hace unos años hemos sido testigos de cómo en las redes sociales se han ido proponiendo retos (conocidos como “challenge”) que inicialmente resultaban graciosos o anecdóticos, pero que han evolucionado hacia estadios de peligrosidad y sufrimiento insospechados.

Algunos de ellos pueden tener menor importancia, tales como comer cacao y hablar al mismo tiempo, envolverse en cinta americana, echarse un cubo de agua y hielos por encima, entre otros. Sin embargo, tenemos el reto viral conocido como “la ballena azul” en la que se retaba a jóvenes a suicidarse y que durante una época generó varias muertes; también en esta línea tan trágica, otro desafío muy extendido fue echarse por el cuerpo o beber agua hirviendo. Este último llegó a causar la muerte de un niño de 8 años que se quemó la tráquea por beber esa agua, y su amiga de también 8 años resultó gravemente herida por quemaduras de tercer grado en varias partes de su cuerpo.

Actualmente, está dando la vuelta al mundo otro reto entre los más jóvenes conocido en Europa occidental como “Game of 72” (Juego del 72), que aquí en España es conocido como “el desafío de las 48 horas”. Se trata de un reto en el que jóvenes de 13-16 años, principalmente, desaparecen voluntariamente durante 48-72 horas permaneciendo ilocalizables e incomunicados. El objetivo es que familiares y amigos cuelguen en las redes mensajes y difundan su desaparición, incluso con la colaboración de agentes de la autoridad e instituciones, para conseguir el máximo de puntos posible y así superar el reto.

Estos son solo algunos de los retos que he querido destacar a modo de denuncia y de aviso de lo que está pasando en las redes, para intentar entre todos concienciar a los jóvenes de hoy en día.

Está muy bien subir una foto (cuidado con cómo y dónde se hace) y retarse entre amigos a ver quién consigue más “me gusta” o cuestiones similares que no tienen mayor transcendencia, siempre que se queden en ese nivel en el que no se generan perjuicios ni para ellos mismos ni para su entorno. Pero no se pueden permitir desafíos en los que estén en juego vidas humanas o la preocupación y desesperación de familiares y amigos/as por no saber si ese hijo/a, hermano/a, nieto/a… sigue con vida o si le ha podido pasar algo.

Si en posts anteriores decíamos que nada ni nadie puede justificar el decidir sobre la vida de los demás, tampoco debería poder hacerlo un “desafío viral” para ganar popularidad. Porque, además, ¿de qué sirve ganar popularidad si se te acaba la vida en ese mismo instante? ¿De qué sirve superar el desafío si has destrozado a tu familia haciéndoles creer que te había pasado lo peor?

Hoy en día con las redes sociales pareciera que los jóvenes van desarrollando dos vidas en paralelo (una online y otra off-line), en la que internet absorbe la vida real y nada es más importante que tener el mayor número posible de seguidores y ser popular, aunque para conseguirlo se ponga en riesgo su vida. En estos casos, ellos/as creen que el fin justifica los medios, pero no es así, ni los medios son mínimamente aceptables ni hay ningún fin al que llegar.

Estos “hechos virales” no son ni divertidos ni suponen ningún desafío, son un atentado contra la vida y la integridad física y mental de las personas.

No es más popular ni más feliz quién más amigos tiene y más retos supera, sino quien mejor acepta las circunstancias en las que vive y se relaciona. Es una lección que jóvenes y mayores debemos asimilar y sobre la que tenemos que concienciar a las próximas generaciones.

Un hecho es viral porque lo vemos y reproducimos, si esto no sucede no hay reto viral y lo que es más importante: no hay más muertes que lamentar.

Por tanto, como sociedad sí que tenemos un difícil desafío por delante: parar los retos virales. Aquí hay un fin y unos medios que sí que deberían ponerse en movimiento.

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